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FRANÇAIS
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Marte en Tierra

Poemario de veinte poemas y seis ensayos que invitan a una convicción hacia un enfoque altruista de una vida universal como entendimiento existencial absoluto.
Convoca a una reflexión profunda sobre los valores, los dogmas, abismos y condicionamientos humanos que nuestra especie está llevando a rastras durante tantos milenios.

José Toral (´64) procedente del Levante, se dedica desde su infancia a la música pintura y la literatura. Estudia Bellas Artes en Granada y Comunicación Visual en Alemania. Es autodidacta en música y en literatura. Las ilustraciones expuestas en este libro se complementan con el contenido de sus textos.

Por una noche

Desde su refugio solipsista,

la cama de siempre,
rebobina el pensamiento
su cóncava actividad.
La oscuridad acelera la imagen
mientras el cuerpo inerte
percibe sus miembros ajetreados
de un devenir obligatorio.

Cuanto peso oscuro e indolente
reposa sobre una morbosa almohada
Cuanto sudor brota del sueño nunca cumplido
Cuanto placer de sonámbula inercia
se eleva debajo de una sábana.

La angustia vela desde su rincón
con una vigilia ardiente,
la de la duda y decisión.
Desde el nido de emocionales indigestiones
será acogida por el sueño,
que le abrirá sus arrecifes virtuales,
su fatamorgana y espejismo,
pero nunca revelará su semilla,
mientras que pesos turbios de almohada
aplasten su frágil tejido.

Una noche pido,
solo una noche.

Si todo el deseo y llanto del mundo
cesase por una noche de una vez,
quizás entonces
la oscuridad humilde compartiría
por una noche
su inexplicable verdad.

Soliloquios

No puedo explicar lo que quiere decir.
Hay que acercarse hacia el centro;
el centro no puede acercarse a uno.

Es como la sed:
el agua no te encuentra a ti,
tú encuentras el AGUA.

Flamenco

A Jan Vangenechten

Cuatro sigilosos callos
juegan a un ajedrez sonoro
recorriendo en solitario
trescientos veinte centímetros cuadrados
de ébano sagrado.
Cuatro yemas doloridas
pisan seis siglos de cuerdas
y cinco uñas rasguean
a compás insomne.

¿Quien dijo que está prohibido el cante,
y quien se quitó los zapatos
a la hora de bailar una taranta?

No fue el vino ni el olvido
lo que me hizo callar,
una siguiriya desbocada
cantada por una garganta al rojo vivo,
me hizo callar,
como hace callar el llanto de la resina
dentro del candente tronco de olivo,
cuando las llamas lo cubren del todo.

¡O flamenco!
Tal vez tu inyectable fluido,
tu dulce flamígero almíbar
se me introdujo mientras dormía...
y sin darme cuenta me llevaste
como se lleva a un niño de la mano,
por tus nocturnas catacumbas,
con pesadumbre y risas,
con madera y tacón,
puños que se cierran y se abren,
me llevaste a tu gran sala,
donde tus difuntos se reúnen por fiesta,
jaleándole a quien por ahí entraba.

En medio de la sala
a un ciprés cortado en finas áminas
le brilla un febril quejido,
el de sus futuros dueños,
y en sus altas paredes
tres lunares de sangre dilatada
clavados sobre un tabernáculo.

Al final de la sala
un niño me hablaba
con una aldaba en la mano,
y de sus labios brotaban
trenzas de mimbre y escarlata.

Cuando abrí la puerta sin aldaba,
vi el mar
al borde del escalón,
escalón hacia lo entero, lo azul.